El investigador del Servicio Geológico de Noruega advierte que Chile, por su diversidad climática, geológica y territorial, está expuesto a múltiples tipos de movimientos en masa. Sensores satelitales, LiDAR, drones e inteligencia artificial están abriendo nuevas posibilidades para anticiparlos, pero el país todavía necesita fortalecer el mapeo, el monitoreo y la prevención.
Entre el 13 y el 18 de diciembre de 2026, la Universidad Austral de Chile, en Valdivia, será sede del XVII Congreso Geológico Chileno, encuentro que reunirá a especialistas nacionales e internacionales bajo el lema «El futuro bajo nuestros pies». Uno de sus conferencistas plenarios será el Dr. Reginald L. Hermanns, investigador sénior de la Sección de Peligros Geológicos y Observación de la Tierra del Servicio Geológico de Noruega.
Hermanns ha estudiado movimientos en masa en gran parte de los países andinos, además de Noruega, el Himalaya, el Ártico, las cordilleras de Canadá y los Alpes. Su trabajo se concentra en la estabilidad de laderas, las grandes avalanchas de roca y sus amenazas asociadas, como el bloqueo de ríos y la generación de olas en fiordos, lagos y embalses.
En esta entrevista, el especialista analiza por qué Chile requiere una estrategia preventiva de alcance nacional, explica cómo el cambio climático está modificando algunos de estos fenómenos y aborda las tecnologías que están transformando la observación de laderas. También adelanta parte del mensaje que presentará en su conferencia plenaria del Área Temática 3: Geología Ambiental, Peligros Geológicos e Ingeniería Geológica.
Usted ha estudiado movimientos en masa en distintas regiones del mundo. ¿Qué hace que Chile sea un territorio especialmente expuesto a deslizamientos y grandes fallas de roca?
—He trabajado con movimientos en masa en la mayoría de los países andinos, pero también en Noruega, el Himalaya, el Ártico, las cordilleras de Canadá y, en menor medida, los Alpes. Todas las regiones montañosas están expuestas a este tipo de fenómenos y es muy difícil afirmar qué país presenta una amenaza mayor.
En términos generales, donde existe relieve también existe amenaza de movimientos en masa. Sus características dependerán de los materiales, el clima y los detonantes, como las precipitaciones intensas, los terremotos o la actividad humana. Debido a su enorme diversidad climática y geológica, Chile está expuesto a una gran variedad de movimientos en masa, que pueden diferir considerablemente en intensidad, magnitud y alcance.
¿Es posible anticipar un gran deslizamiento o todavía existen fenómenos que ocurren sin señales suficientemente claras?
—Es un tema muy discutido científicamente. Muchos movimientos en masa se estudian después del evento catastrófico, pero conocemos mucho menos sobre los indicadores presentes durante su fase de preparación. Con frecuencia no existen datos de suficiente calidad para analizar las condiciones de la ladera antes del colapso.
Hace un siglo, los geólogos dependían casi exclusivamente de las observaciones de campo y del conocimiento de las comunidades locales. Posteriormente, las fotografías aéreas permitieron observar las laderas desde la oficina e identificar grietas u otras señales que luego podían verificarse en terreno. Sin embargo, tenían limitaciones: las imágenes se obtenían cada diez años o incluso después de varias décadas, y la vegetación podía ocultar deformaciones importantes.
El desarrollo de sensores remotos ha cambiado por completo nuestra capacidad de observación. El LiDAR aerotransportado permite estudiar el terreno bajo gran parte de la vegetación y alcanzar resoluciones cercanas al medio metro. Al comparar levantamientos realizados en distintos momentos, podemos identificar grietas y cambios más sutiles en la superficie.
Los satélites de radar, por su parte, pueden detectar deformaciones milimétricas y efectuar observaciones cada pocos días. Es un salto enorme, aunque también presenta limitaciones: la vegetación, el ángulo de observación, las sombras topográficas y la dificultad de distinguir una deformación peligrosa de cambios normales del suelo.
En Noruega combinamos radar, LiDAR y fotografías aéreas. Debido al enorme volumen de información, estamos comenzando a utilizar inteligencia artificial para identificar qué deformaciones podrían ser críticas. Sin embargo, la ciencia todavía está en una etapa inicial.
Mi hipótesis de trabajo es que toda gran ladera que colapsa catastróficamente presenta alguna deformación previa, incluso si el detonante final es un terremoto. En otras palabras, pienso que una ladera completamente intacta no falla. El problema es que aún no contamos en todo el mundo con la resolución espacial y temporal necesaria para detectar esas señales. Además, no todos los científicos coinciden con esta hipótesis.
Chile enfrenta terremotos, lluvias intensas, erupciones volcánicas e incendios forestales. ¿Cómo interactúan estos fenómenos con la inestabilidad de las laderas?
—Los terremotos y las lluvias intensas pueden actuar como detonantes. Operan en periodos breves: segundos o minutos en el caso de un terremoto y horas o días frente a precipitaciones intensas. Pueden llevar al colapso a una ladera que ya se encuentra en una condición de inestabilidad.
Los incendios forestales actúan principalmente como condicionantes. No necesariamente provocan un deslizamiento de manera inmediata, pero modifican las condiciones de la ladera y pueden volverla más susceptible a fallar durante una lluvia posterior.
También existen otros condicionantes, como la erosión provocada por los ríos o el mar, la meteorización de los materiales, el calentamiento del terreno y la desaparición del permafrost. Incluso un terremoto puede dejar una ladera debilitada y desencadenar un proceso de deformación que culmine en una falla años después.
¿El cambio climático está modificando la frecuencia, la ubicación o la magnitud de estos fenómenos?
—Sí. Si las precipitaciones extremas cambian en frecuencia o intensidad, también pueden variar la frecuencia y magnitud de los movimientos en masa. Esto es especialmente relevante para aquellos que afectan suelos, pero también para desprendimientos de rocas de menor volumen.
El cambio climático también está modificando su distribución. En Noruega hemos observado que gran parte de los movimientos recientes con potencial para generar avalanchas de roca se ha producido en terrenos con permafrost. Es una situación distinta de la observada durante el siglo pasado.
Noruega y el Ártico están experimentando un aumento de las temperaturas superior al promedio mundial. El retroceso de los glaciares también es importante. En Alaska se han observado movimientos en masa próximos a sectores donde el hielo se ha retirado durante las últimas décadas. Algunos eventos recientes en el Ártico han alcanzado magnitudes sin precedentes en los registros históricos.
Cuando un deslizamiento bloquea un río y forma una represa natural, ¿qué amenazas se generan?
—El peligro no se limita a las comunidades situadas aguas abajo. La formación del dique puede inundar rápidamente el valle aguas arriba, provocando la pérdida de viviendas, infraestructura e incluso vidas humanas.
Aguas abajo, el riesgo aparece si el dique colapsa de manera descontrolada. La liberación súbita del agua puede generar inundaciones y transportar grandes cantidades de sedimentos y rocas. Estos pulsos de material pueden mantenerse durante años o décadas, afectar extensos tramos del río, destruir terrenos agrícolas y alterar permanentemente el paisaje.
Todavía existen pocos estudios ingenieriles destinados a evaluar la estabilidad de estos diques naturales. Por eso utilizamos indicadores geomorfológicos que consideran, entre otros factores, el volumen y la altura del dique, el tamaño de la cuenca, la distribución del material y las pendientes. En Noruega desarrollamos una fórmula que permite estimar la probabilidad de estabilidad o colapso en los casos menos evidentes.
También debemos considerar que un dique estable puede convertirse en un recurso. Existen ejemplos en Perú, Noruega y Turquía donde estas represas naturales se han utilizado para generar energía hidroeléctrica. Por lo tanto, es necesario evaluar tanto sus amenazas como sus posibles beneficios.
Algunos desprendimientos pueden caer sobre fiordos, lagos o embalses y generar grandes olas. ¿Qué tan relevante es este riesgo para Chile?
—Es muy relevante en el sur de Chile, tanto en los fiordos como en lagos y embalses. Después del desastre de Vajont, ocurrido en Italia en 1963 y que causó alrededor de dos mil muertes, este tipo de amenaza comenzó a ser considerado con mayor atención antes de construir una represa. Si se detectan laderas inestables, deben mantenerse bajo monitoreo permanente.
Chile ya tiene una experiencia muy significativa. En 2007, un terremoto desencadenó más de 500 movimientos en masa en el fiordo de Aysén. Dos de ellos fueron de gran volumen y, al entrar al agua, generaron olas que que localmente superaron los 50 metros. A decenas de kilómetros, estas todavía alcanzaban varios metros. El evento provocó víctimas y afectó gravemente la actividad salmonera del fiordo.
Estos fenómenos en cascada pueden alcanzar magnitudes incluso mayores. En Noruega, las olas generadas por movimientos en masa estuvieron asociadas con una parte importante de las muertes provocadas por amenazas geológicas durante el siglo pasado. Por esta razón, se han desarrollado modelos detallados y fórmulas empíricas para realizar evaluaciones rápidas.
Después de trabajar durante años en los Andes, ¿qué zonas o situaciones de Chile deberían recibir mayor atención científica y preventiva?
—Mi experiencia en Antofagasta fue muy impactante. Visité la ciudad después del terremoto de 1995 y observé daños relativamente reducidos en comparación con los provocados por otros terremotos que estudié en Perú. Esto demuestra que Chile ha realizado un excelente trabajo con sus normas de construcción antisísmica y su cumplimiento.
Sin embargo, una precipitación de alrededor de 20 milímetros provocó anteriormente más de 80 muertes en la misma ciudad. En otras regiones de Chile y Noruega, esa cantidad de lluvia puede presentarse con frecuencia sin causar movimientos en masa. La diferencia está en las condiciones del territorio y su nivel de preparación. Frente al cambio climático y a episodios meteorológicos extremos, estas situaciones deberían recibir mucha atención.
Chile necesita identificar sistemáticamente dónde se encuentran las amenazas y cuáles son las comunidades más expuestas. No basta con reaccionar después de cada desastre.
¿Cómo funciona el modelo preventivo aplicado en Noruega?
—Trabajamos por capas. Primero realizamos un mapeo de susceptibilidad que cubre todo el país y considera cada fenómeno: flujos detríticos, caídas de roca, avalanchas de nieve, inundaciones y grandes movimientos en masa, incluidas sus posibles amenazas en cascada.
Estos mapas utilizan modelos físicos relativamente simples para mostrar hasta dónde podrían llegar los fenómenos según la topografía. No indican que probable es que un evento vaya a ocurrir, sino dónde es físicamente posible. Es similar a una señal de tránsito que advierte sobre la presencia de alces: no garantiza que el conductor encontrará uno, pero le indica que debe avanzar con precaución.
Después, cruzamos esos antecedentes con la densidad de población para identificar los lugares donde podrían producirse los daños más graves. Es lo que denominamos análisis de puntos críticos o hot spots.
Si se pretende construir dentro de un área susceptible, el proyecto requiere un estudio detallado de la amenaza. Este debe establecer la frecuencia y el alcance esperado de los fenómenos. Los códigos de construcción noruegos definen qué nivel de riesgo es aceptable para cada tipo de edificación y qué medidas de mitigación deben aplicarse. Las decisiones se adoptan mediante análisis de costos y beneficios, con participación de los municipios y apoyo económico del Estado.
¿Qué diferencias observa entre Noruega y los países andinos al estudiar y gestionar estos riesgos?
—Noruega aplica un proceso sistemático que comienza con una visión nacional y continúa con estudios detallados en los sectores de mayor riesgo. No conozco un enfoque equivalente y plenamente implementado en los países andinos.
En los Andes, las evaluaciones suelen concentrarse primero cerca de las capitales o de las zonas con mayor actividad económica. Sin embargo, esos lugares no son necesariamente aquellos donde más personas podrían resultar afectadas.
También he visto mapas de peligro que existen, pero no se utilizan para tomar decisiones. En Noruega sería muy difícil que eso ocurriera. No obstante, debemos comprender las diferencias sociales y económicas. En distintos sectores andinos, las personas deben elegir entre vivir cerca de sus fuentes de trabajo o trasladarse a zonas más seguras, pero alejadas. En esas condiciones, muchas familias terminan aceptando niveles de riesgo más elevados.
El desarrollo sostenible solo es posible dentro de una cultura preventiva, porque un fenómeno natural puede destruir en minutos lo construido durante décadas. Por eso es fundamental fortalecer el estudio y el mapeo de los movimientos en masa. La cooperación internacional, el intercambio de experiencias y encuentros como el Congreso Geológico Chileno pueden ayudar a generar y compartir conocimiento.