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María Angélica Casanova: “El futuro de nuestra humanidad depende de lo que estamos haciendo hoy por proteger nuestras zonas polares”

Tiempo de lectura: 20 minutos
Redacción CienciaEnChile
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La académica e investigadora UCT se ha especializado en la flora de la Antártida y las modificaciones y amenazas que tiene el Continente Helado.

María Angélica Casanova Katny está junto a una decena de “Open top chambers”, artefactos que se asemejan a pequeños invernaderos, cámaras de calentamiento pasivo sin techo, que cubren algo así como un metro cuadrado del terreno azotado por el frío antártico.

Los sencillos dispositivos de acrílico están anclados para evitar ser arrancados por el viento, pero cumplen un rol fundamental: en su interior generan un ambiente de aproximadamente 2 a 3 grados más de calor que en el exterior. De este modo, la profesora de Ciencias Naturales y Biología, magíster y doctora, ha podido experimentar y observar los cambios que presentaría el Continente Helado por la crisis de calentamiento climático que afecta nuestro planeta.

Casanova, académica del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad Católica de Temuco (UCT), lleva 15 años viajando al continente antártico y ha podido ver en terreno lo que sus experimentos le advierten: el calentamiento climático, no sólo destruye los glaciares antárticos, que son la fuente de la vida antártica, sino que tiene un impacto en la flora debido a las crecientes temperaturas.

De acuerdo a investigaciones realizadas por científicos, desde 1960, las mínimas han subido hasta tres grados en el círculo polar, lo que ha implicado que la masa de hielo antártico se reduzca en 1,5 millones de kilómetros cuadrados respecto de las mediciones de los años 70, y que esta reducción, esté asociada al incremento del calentamiento climático. Esta reducción medida en septiembre de 2023, sugiere que si el calentamiento climático sigue aumentando, la península antártica sufrirá las mismas consecuencias del ártico, con una eminente desaparición de su hielo durante el verano.

“Hay que tomar decisiones ahora, pensando en el cuidado del medioambiente y explicándole, sobre todo a los jóvenes, porque son ellos quienes sufrirán las consecuencias de esta crisis climática”, afirma.

Con 14 millones de km², la Antártida es el cuarto continente más grande después de Asia, América y África. Alrededor del 98% del territorio está cubierto de hielo, que tiene un promedio de 1,9 kilómetros de espesor,​el cual se extiende a todos los puertos, excepto a los más septentrionales de la península.

OBSERVACIÓN

Lo preocupante son los datos de incremento de las temperaturas, fenómeno que conlleva efectos muy negativos sobre el hielo y las especies animales y vegetales.

La labor investigativa es realizada en la Isla Rey Jorge, territorio que es parte del Archipiélago Shetland del Sur. Los análisis son efectuados en la península Fildes, específicamente en la única base civil chilena, la Estación Profesor Julio Escudero, del Instituto Antártico Chileno, cercanas al aeropuerto Teniente Marsh, de la Fuerza Área de Chile.

Las condiciones de frío son extremas. En verano las temperaturas oscilan entre -2 y 5 grados, pero en invierno están entre -15 y los cero grados. En ese escenario trabaja la investigadora, en su afán de levantar información respecto de la pequeña y rudimentaria vegetación antártica; una vegetación principalmente criptogámica; es decir, de especies que no forman árboles o arbustos, pues se trata de especies pequeñas colonizadores y pioneras en las áreas libres de hielo permanente que deja el retroceso glaciar.

Los organismos nativos de la Antártida incluyen muchos tipos de algas, bacterias, hongos, plantas, protistas, y ciertos animales; tales como ácaros, nematodos, pingüinos, pinnípedos y tardígrados. El tipo de vegetación que se presenta en algunas zonas reducidas es la tundra. Una clave es que la Antártica es un continente rocoso en el fondo, coronado por hielo y nieve; a diferencia del Ártico que es una plataforma exclusivamente de hielo, salvo las islas de Groenlandia e Islandia.

La académica realiza estudios con tres grupos de vegetales. Uno de ellos es el pasto antártico, que es una de las especies mejor adaptadas a los cambios de las últimas décadas. Por lo pronto, se destaca un aumento en el número de plantas, espigas y semillas, debido al calentamiento experimental, sin embargo también en censos realizados a través de la península antártica se encontró un crecimiento poblacional sostenido y asociado al calentamiento.

Otros organismos analizados son los musgos (plantas) y los líquenes (hongos), en los que también se han observado comportamientos disímiles.

“A los musgos también les va bien en la Antártica y nuestros principales hallazgos se refieren a los sistemas de reproducción. Hemos encontrado que con el calentamiento los musgos se reproducen más. Incluso, forman estructuras reproductivas sexuales, y eso es lo más interesante porque implica que las especies de musgos van a ser capaces de adaptarse a los cambios, que es algo muy distinto a los casos cuando una especie solamente se divide; o sea, se reproduce de forma clonal vegetativa, sin flores o sin estructuras sexuales”, donde no existe mayor capacidad de adaptarse.

En el caso de los líquenes, ha observado que las especies no tienen el mismo comportamiento, lo que se explica -curiosamente- por la falta de agua. Si bien, la Antártica concentra más del 70% del líquido dulce del planeta, está congelada; es decir, no es un agua para el consumo humano y tampoco para las plantas que, además, deben lidiar con suelos rocosos y faltos de nutrientes.

“Tenemos súper claro que el calentamiento está producido por el hombre, porque hemos desbalanceado los niveles de concentración de CO2 en la atmósfera y los impactos son a largo plazo. Es un efecto lento y muy nocivo en un continente que cumple una función vital, que es regular el clima, la temperatura del mar, las corrientes marinas. Además estamos afectando las cadenas tróficas, porque debajo del hielo hay una cantidad de vida y de organismos impresionantes. como el krill, que forma una gran biomasa y es usada por los animales que migran a la Antártica para alimentarse, por ejemplo, las ballenas”, apunta la académica del Laboratorio de Ecofisiología Vegetal y Cambio Climático de la UCT.

HISTORIA DE VIDA

La investigadora reconoce que siempre estuvo fascinada con todo lo que observaba del medioambiente: los volcanes, las montañas, mar y bosques. Por eso se fue a estudiar a la Universidad Católica de Temuco en 1985, lo que terminó en 1990 como Profesora de Ciencias Naturales y Biología. A continuación siguió con un Magíster en Botánica en la Universidad Austral con mención en Fisiología Vegetal, para entonces postular y ganar una beca del gobierno alemán, con la que hizo su doctorado en Cambio Climático, en la Universidad de Giessen. Tiene tres hijos:  Silvio, Luciano y Ernesto, que han debido crecer y aprender junto a una mamá y mujer científica.

“Hoy sabemos más que en 1990, pero sabemos muy poco todavía. Hace 20 o 30 años nadie se preocupaba de esto y hoy día nos urge saber, porque resulta que la sequía está asociada con la permanencia de la nieve en las montañas y con el retroceso de los glaciares andinos. Y hay que ir a la Antártica que es un laboratorio natural porque ahí comienzan muchas cosas”, explica.

Sin embargo las decisiones para corregir este tipo de fenómenos pasan por la voluntad política, lo que es obviamente complejo.

Hoy, la científica reflexiona afirmando que “de todas maneras se avanza. Siempre tengo una visión bastante positiva sobre eso, porque yo llegué con mi doctorado en 2012 y aquí nadie hablaba de cambio climático. A mí, a veces, me agobia que no tomemos acciones para enfrentar las problemáticas que estamos viviendo”.

Entonces, a modo de conclusión, sugiere que los avances “pasan por cambiar el modelo de producción y entender que la actividad humana sobre este planeta tiene que cambiar, lo mismo que la manera en que nos relacionamos económicamente entre nosotros. Hoy estamos en una gran crisis que debemos transformar en una oportunidad para cambiar hacia un modelo más sustentable, más en armonía con la naturaleza. Necesitamos tener conciencia de que el futuro de nuestra humanidad depende de lo que estamos haciendo hoy día. Somos responsables de eso y de lo que le vamos a dejar a nuestros hijos y futuras generaciones”.

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