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Los singulares nombres de las frutas “Made in UC”

Tiempo de lectura: 20 minutos
Redacción CienciaEnChile
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Las frambuesas «santas», las cerezas «CHI» o la clementina «Isabelina». Cuatro investigadores de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales comparten qué los motivó a aventurarse en la búsqueda de la fruta perfecta y cómo se proyectan a futuro.

Marina Gambardella y sus siete “santas”

Santa Guillermina, Santa Eduvina, Santa Rosa, Santa Isabel, Santa Teresa, Santa Clara y Santa Catalina son las siete “santas” o variedades de frambuesas chilenas que la académica de Agronomía y Siistemas Naturales, y directora del Programa de Mejoramiento Genético de la Frambuesa, Marina Gambardella, ha desarrollado desde la investigación que realiza en la UC.

La experta explica que la necesidad de crear nuevas variedades es a causa de un “recambio natural varietal en la agricultura. Por eso se llama ‘mejoramiento genético’, porque la idea es que tú tengas una combinación genética mejor a la anterior, la que siempre va a mejorar”.

Muestra de ello, es que en 2023 se lanzaron cuatro nuevas variedades de frambuesas chilenas como parte de la investigación de la profesora Gambardella. Se trata de Santa Eduvina, una variedad muy productiva y de tamaño más grande; Santa Rosa, ideal para una producción más industrial, con cosecha mecanizada y sin espinas; Santa Isabel, una frambuesa amarilla o anaranjada que puede usarse de forma ornamental dentro de la pastelería; y Santa Guillermina, altamente productiva, un poco más chica que Eduvina, pero más firme. “Chile es un país súper largo y las variedades son adaptadas a distintas condiciones y para distintos objetivos. Es un proceso largo y bien complejo”, dice la académica.

La profesora explica que la palabra “santa” está ligada al concepto de “universidad pontificia” como una forma de relacionarlo con la Universidad Católica. No se recurrió a usar el “UC” en los nombres de estas frutas, porque éste es el que usa la Universidad de California para sus propias variedades. En relación al nombre de las cuatro últimas frambuesas se eligió como parte de un homenaje a cuatro productoras de Coyhaique, personas muy aguerridas, trabajadoras y especiales, con quienes trabaja en el programa.

La investigadora recuerda que la elección de las otras tres santas tuvo un sentido más religioso. “Le pusimos Santa Catalina porque era una santa de los trabajadores de campo; Santa Teresa por la santa chilena; y Santa Clara porque el año en que la sacamos fue nombrado el Papa Francisco y él es Francisco por San Francisco de Asís. Como nosotros teníamos que buscar un nombre femenino llamamos a esta variedad de frambuesa como la amiga de San Francisco de Asís: Santa Clara”, concluye.

La profesora Marina Gambardella sostiene una frambuesa en su mano, en un laboratorio donde se ven distintos tipos de frascos.
La profesora Marina Gambardella muestra una de las siete varriedades frambuesas que ha desarrollado. ¿El denominador común? Todas son “santas”. (Crédito fotográfico: Comunicaciones UC)

Marlene Ayala y sus cuatro CHI

Trece años de investigación ha realizado la académica de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales, y directora del Programa de Mejoramiento Genético de Cerezas, Marlene Ayala, en pro del desarrollo de variedades chilenas que sean las más apetecible para los mercados internacionales, en particular China, los más grandes consumidores de esta fruta en el mundo.

Para los chinos, la cereza es un artículo de lujo que regalan y la compran quienes tienen más poder adquisitivo. Es una fruta sofisticada, elegante que es muy valorada y por eso es tan importante exportarla. Tiene un alto valor en China y en todos los países asiáticos, es un tipo de regalo, no es sólo para consumo, la venden en cajitas como los anillos y es un símbolo de buena suerte. La industria se adapta al Año Nuevo Chino, que cambia todos los años, a veces es en enero y otras en febrero”, dice la profesora.

La investigadora comenta que, si bien en la actualidad “no tenemos variedades propias de cerezas” y que el proceso para obtener una variedad propia tarda entre 18 y 20 años, en estos 13 años de investigación, a través del Programa de Mejoramiento, se han logrado identificar a 81 individuos distintos a los que llaman “Híbridos de segunda selección”, que tienen “características interesantes” para pasar a la etapa de selección avanzada y luego a variedad.

“De esos 81, tenemos 36 que ya están injertados y establecidos en terreno, y de éstos, hay 24 que ya fueron o están siendo evaluados para rendimiento, calidad y post cosecha. Y de esos 24 tenemos 4 candidatos para selección avanzada, es decir que los vamos a injertar en distintos portainjertos y los vamos a establecer bajo distintas condiciones o huertos comerciales para escalarlos. Y de esos 4, deberíamos encontrar por lo menos una variedad”, explica Marlene Ayala.

A estos cuatro candidatos, que no tienen aún nombre, la investigadora UC los identificó con una sigla. “Les puse CHI, por la generación CHI de Chile y de China, porque nosotros como chilenos siempre usamos la CHI, es un nombre de fantasía”, comparte.

“CHI 3-18 es una cereza grande, firme y dulce. CHI 25, en cambio, es grande, roja, con harta azúcar, firmeza y bastante buena. CHI 120 es bicolor, grande, pesada, súper firme y dulce. Y CHI 27, que es de media estación, tiene un tamaño bastante grande, es sólida, firme y no es ácida, es súper roja, algo que también se valora”, agrega la experta.

Marlene Ayala destaca que si de este “primer grupo de las 24, donde hay 4 candidatas, se eligen a dos, podríamos tener dos variedades para registrar en el 2029- 2030. Del segundo grupo, que sería de 12 candidatas, tendríamos una variedad al año 2033-2034. Del tercer grupo, que son 82, ahí tendríamos 8 al 2035- 2036; y del cuarto grupo, donde hay 22, tendríamos dos al 2037. Esto es un flujo dinámico, lo que hay que tratar es que el Programa de Mejoramiento Genético no se detenga, tanto en evaluaciones como en cruzamientos”, concluye.

La Profesora Marlene Ayala sostiene en sus manos cerezas, de fondo se aprecian hojas de una parra.
Las cerezas “tienen un alto valor en China y en todos los países asiáticos, es un tipo de regalo, no es sólo para consumo, la venden en cajitas como los anillos y es un símbolo de buena suerte”, explica la académica Marlene Ayala. (Crédito fotográfico: Comunicaciones UC)

Johanna Martiz y su “Isabelina”

La clementina de más fácil pelaje y sin pepas de la Universidad Católica, surgió tras la investigación que realizó durante quince años la académica de Agronomía y Sistemas Naturales, y experta del Programa de Mejoramiento Genético de Cítricos, Johanna Martiz, quien este año lanzó Isabelina, una variedad chilena de mandarina, por la que ha recibido múltiples llamadas de productores nacionales e internacionales.

“Me han escrito de España, Sudáfrica y de acá mismo, en Chile, hay mucho interés por plantarla, tengo productores en espera. Quizás nos adelantamos, pero estamos haciendo las plantas para venderlas, no pensé que fuera a ser tan rápido e iba a haber tanto interés por el tema”, confiesa la profesora.

La investigadora comparte que el nombre de “Isabelina” tiene un valor sentimental para ella. “Mi hija siempre decía: ‘supongo que le vas a poner mi nombre’. Ella se llama Antonia Isabel, Antonia sonaba raro, pero Isabel tiene para mí otra connotación: mi abuela doña María Isabel, guerrera a mil; yo le puse Antonia Isabel a mi hija por ella. Entonces, como es una clementina, es Isabelina”.

La accadémica explica que, si bien el proceso de creación de una variedad de cítrico se demora normalmente entre 15 y 20 años, en el caso de Isabelina “tuvimos muy buenas luces tempranamente. Uno de los capítulos de mi tesis doctoral fue cómo acortar los procesos de extensión de variedades, ahí pudimos acortar un poco los tiempos, le pusimos innovación a través del mejoramiento genético”, dice.

Actualmente, las “plantas madre” de Isabelina están en un campo experimental de 1,3 hectáreas ubicado en San Antonio de Naltagua, en la Región Metropolitana, donde también la experta está desarrollando otras mandarinas, entre ellas otra que no tiene semillas; y dos especies de limones, uno sin espinas y otro sin pepas, que podrían estar listos en un año.

La profesora Johanna Martiz, en un campo donde se ven los árboles con mandarinas.
La investigadora Johanna Martiz ha utilizado métodos innovadores para el mejoramiento genético de las mandarinas, desarrollando la variedad “Isabelina”, fácil de pelar y sin pepas. (Crédito fotográfico: Comunicaciones UC)

En busca de la fruta perfecta

El académico de Agronomía y Sistemas Naturales, Juan Pablo Zoffoli, es parte del Programa de Mejoramiento Genético de la Cereza junto a Marlene Ayala. Actualmente, es co-investigador de la Universidad Católica en proyectos desarrollados por el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) en investigaciones relacionadas con manzanas y kiwis.

Su área de investigación se centra en cómo extender el tiempo de post cosecha. El profesor comenta que es el consumidor el que busca que “le presentemos nuevos productos, innovadores, por los que se sientan atraídos por a través de los sentidos. Como es el caso de las cerezas, ellos no sólo buscan un alto dulzor, sino también que sea firme y que tenga un pedicelo con estructura verde que contraste con su color rojo”.

“Somos un país abierto al mundo como mercado de la fruta. Nuestros productos están siempre pensándose en los clientes que están buscando innovación. El consumidor que quiere la uva sin semilla, la manzana crocante y no harinosa, sino que la quiere firme. Entonces, esas características las tenemos que ir buscando con nuevos materiales genéticos”, concluye.

El profesor Juan Pablo Zoffoli sostiene unas cerezas con sus dos manos.
Cerezas, manzanas y kiwis, son las frutas en que ha trabajado el profesor Juan Pablo Zoffoli, intentando desarrollar las característiicas que buscan los consumidores. (Crédito fotográfico: Comunicaciones UC)

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