La catástrofe que reveló nuestra ceguera sistémica

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Redacción CienciaEnChile
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Por Ronnie Videla, académico e investigador UST La Serena.

El temporal que golpeó la Región de Coquimbo no fue solamente una catástrofe climática. Fue también una catástrofe epistemológica. Mientras observábamos el desborde del río Elqui, el rebrote de las quebradas Santa Rosa, Cruz de Caña y El Hinojal, la desaparición de El Islón y cientos de familias perdiéndolo todo, una pregunta se hizo inevitable: ¿cómo es posible que un evento ampliamente pronosticado produjera consecuencias tan devastadoras?

La respuesta no puede reducirse a la intensidad de las lluvias ni atribuirse únicamente al cambio climático, al plan regulador, a los permisos de construcción o a la ocupación de zonas de riesgo. Todos esos factores influyeron. Sin embargo, el temporal dejó al descubierto un problema más profundo: nuestra dificultad para comprender que vivimos en sistemas complejos.

Hace más de medio siglo, Humberto Maturana y Francisco Varela mostraron que ningún ser vivo puede entenderse separado de la red de relaciones que hace posible su existencia. Esa intuición, nacida desde la biología, resulta hoy extraordinariamente vigente. Las ciudades también son sistemas vivos. El territorio también lo es. El clima, la infraestructura, las cuencas, las quebradas, la planificación urbana, la ciencia, la educación y las decisiones políticas forman parte de una misma trama de interdependencias.

Mientras muchas instituciones evidenciaban dificultades para coordinarse durante el temporal, miles de ciudadanos comenzaron espontáneamente a hacerlo. Vecinos que nunca se habían visto organizaron rescates, compartieron alimentos, habilitaron albergues y coordinaron ayuda mediante redes sociales. Sin una autoridad central, emergió una extraordinaria inteligencia colectiva. He ahí la gran paradoja de esta tragedia: mientras nuestras instituciones tendían a pensar en fragmentos, la ciudadanía comenzó a comportarse como un verdadero sistema.

Quizás esa sea la principal lección: la resiliencia no depende solo de mejores obras de ingeniería o de tecnologías más sofisticadas. Depende, sobre todo, de nuestra capacidad para comprender las relaciones que sostienen la vida en común. La evidencia internacional es clara: las sociedades que mejor enfrentan los desastres combinan ciencia de excelencia, instituciones coordinadas, planificación territorial, educación interdisciplinaria y comunidades capaces de aprender y actuar colectivamente. Prepararnos para el próximo temporal comienza mucho antes de que aparezcan las primeras nubes. Comienza aprendiendo a pensar sistémicamente.

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