Juan Francisco Bascuñán: “La naturaleza debe ser protagonista de la educación y no un mero paisaje”

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Lorenzo Palma
Lorenzo Palma Morales es Periodista, Licenciado en Comunicación Social y Bachiller en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Austral de Chile. Diplomado en Periodismo de Investigación de la Universidad de Chile y Magíster en Desarrollo Rural, Becado por CONI- CYT (UACh), Diplomado en Escritura Creativa de No Ficción por la Universidad Alberto Hurtado. En el año 2018 fundó el medio de comunicación nacional y agencia de contenidos www.cienciaenchile.cl, del cual es su director. Desde el 2024 es docente encargado de la Mención de Periodismo Científico y Ambiental en la UACh. desde el 2024. Ha participado organizando actividades de divulgación y difundiendo resultados de investigación en innumerables proyectos de norte a sur del país. Actualmente cursa el Doctorado en Comunicación UACh - UFRO Becado por ANID.

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El abogado, fotógrafo y escritor presenta Esclerófilo, un libro-juego que invita a descubrir la fauna del bosque mediterráneo chileno mediante fotografías, información científica y juegos biocooperativos. La publicación busca que niños, familias y comunidades educativas aprendan a observar, escuchar, adaptarse y cooperar a partir de las capacidades de diez animales nativos.

Observar como una mantis, escuchar como un tucúquere, desplazarse como una culebra o colaborar para alcanzar un objetivo común. Estas son algunas de las experiencias que propone Esclerófilo, el nuevo libro de Juan Francisco Bascuñán Muñoz, publicado por la editorial Planeta Sostenible.

Abogado especializado en materias ambientales, fotógrafo y autor de más de 15 títulos destinados principalmente a las infancias, Bascuñán propone en esta obra una aproximación biocultural al bosque esclerófilo. En lugar de presentar la naturaleza únicamente como un objeto de estudio, el libro invita a reconocerla como una fuente de experiencias y aprendizajes para la vida.

En sus 36 páginas, la publicación presenta diez animales que habitan los bosques de la zona central de Chile: el cachudito, la lagartija esbelta, la mantis chilena, la tenca, el tucúquere, el aguilucho, la culebra de cola larga, el sapo de rulo, la yaca y el zorro chilla. Cada especie está acompañada por un juego biocooperativo dirigido a niños y niñas desde los cuatro años, bajo la mediación de docentes, madres, padres o personas cuidadoras.

El libro inaugura la colección La naturaleza como protagonista de la educación, iniciativa de Planeta Sostenible que busca vincular la exploración de los entornos naturales chilenos con la convivencia educativa, el aprendizaje socioemocional y la relación con los territorios.

Su presentación se realizará el miércoles 23 de septiembre, a las 16:00 horas, en el Museo de Historia Natural de Valparaíso. En esta entrevista, Juan Francisco Bascuñán explica cómo nació la publicación y por qué aprender con la naturaleza puede ayudarnos a comprender que vivir también significa relacionarse con otros.

¿Cómo nació la idea de crear Esclerófilo y acercar este ecosistema a niños y niñas?

—El origen del libro es multicausal. Por una parte, existe un trabajo sostenido que hemos desarrollado en torno a la naturaleza y la educación. Soy abogado, trabajé durante mucho tiempo en el área ambiental y fui profesor de Derecho Ambiental en la Universidad de Chile. Posteriormente me desempeñé en relaciones internacionales y medioambiente, en materias relacionadas con convenios internacionales, cambio climático y biodiversidad.

Después comenzamos a preguntarnos cómo acercar toda esa información especializada a las personas y, especialmente, a una institución fundamental para el desarrollo de una sociedad como es la educación.

A esa trayectoria se sumó una experiencia muy concreta: hace tres o cuatro años nos vinimos a vivir con mi familia en medio del bosque esclerófilo, en el entorno del Parque Nacional La Campana. Aquí he podido observar directamente muchos fenómenos que antes conocía desde la teoría. Veo la polinización, los árboles y las aves que llegan hasta la ventana. En este momento, por ejemplo, puedo mirar un molle y observar todo lo que ocurre a su alrededor.

El libro nace de la combinación entre esa trayectoria profesional y la experiencia cotidiana de vivir en el bosque. Su objetivo es abordar el bosque esclerófilo desde una perspectiva transdisciplinaria y biocultural, entendiendo que la cultura científica no puede separarse de la vida de las personas y que la naturaleza tampoco puede separarse de la cultura.

Partimos de conocimientos científicos sobre el bosque, su ecología, el comportamiento de las especies y las relaciones que existen entre ellas, pero luego realizamos una bajada hacia la educación, que es una institución que requiere una atención especial en la actualidad.

El libro plantea que no basta con aprender sobre la naturaleza, sino que debemos aprender con ella. ¿Qué significa esa diferencia?

—Hay una diferencia fundamental entre aprender racionalmente sobre algo y vivirlo. Nosotros vivimos en la naturaleza y con la naturaleza. Por eso, este no es solamente un libro sobre la naturaleza: está pensado para aprender con ella y generar experiencias.

La naturaleza contiene una gran cantidad de saberes que la educación puede y necesita recuperar, porque el sistema educativo se ha ido desvinculando de lo vivo. Muchas veces las ciencias naturales llevan la naturaleza al currículo como un objeto externo que debemos estudiar, cuando nosotros también somos naturaleza.

Existe una ilusión de separación que es difícil de desestructurar. Sin embargo, el punto fundamental de este libro es precisamente aprender con la naturaleza. La publicación comienza observando las especies del bosque esclerófilo, pero luego desarrolla una propuesta didáctica mediante juegos biocooperativos.

Estos juegos permiten que niños y niñas vivan experiencias inspiradas en las capacidades de los animales. No se trata solamente de memorizar información sobre una especie, sino de experimentar algunas de sus habilidades: observar, escuchar, esperar, adaptarse, camuflarse, desplazarse o cooperar.

¿Cómo seleccionó los diez animales incluidos en la publicación?

—El punto de partida fue el bosque esclerófilo, un ecosistema de clima mediterráneo que posee características muy especiales y que, en Chile, se encuentra principalmente en la zona central.

Había muchas especies entre las cuales escoger. Finalmente, la publicación reúne animales de distintos grupos: hay insectos, aves, reptiles, anfibios y mamíferos. Están el cachudito, la lagartija esbelta, la mantis chilena, la tenca, el tucúquere, el aguilucho, la culebra de cola larga, el sapo de rulo, la yaca y el zorro chilla.

Sin embargo, no se trata de una selección basada en un muestreo científico. Es una elección mucho más intuitiva, relacionada con mi experiencia viviendo en el bosque. Son especies que observo, que llegan hasta el lugar donde vivo y trabajo, y que he podido fotografiar.

Existe una relación directa y cotidiana con ellas. Algunas llegan hasta la cabaña por curiosidad y uno comienza a conocer sus comportamientos. Por eso, la selección también habla de una manera de vincularse con la naturaleza que va más allá de las categorías científicas.

¿Cómo se transforman las características de estos animales en experiencias educativas?

—Podemos pensar, por ejemplo, en el tucúquere o el chuncho. Son aves nocturnas que poseen formas muy particulares de relacionarse con su entorno. A partir de ellas podemos trabajar la escucha profunda, una habilidad que también puede desarrollarse con niños y niñas dentro del sistema educativo.

La mantis chilena, en cambio, nos ayuda a aprender a observar. Puede estar frente a nosotros y, de pronto, desaparecer gracias a su capacidad de camuflaje. El libro contiene una página con la fotografía de un arbusto donde se encuentra escondida una mantis. La invitación es a buscarla y desarrollar una observación atenta.

Ese ejercicio permite aproximarse al camuflaje como una estrategia de supervivencia y, al mismo tiempo, entrenar nuestra atención. Los juegos realizan una mediación entre conocimientos provenientes de la ecología o la etología y las experiencias que pueden desarrollarse en una comunidad educativa.

Lo importante es que estas actividades no requieren grandes viajes ni visitas a parques nacionales. Se pueden realizar en el patio de una escuela o en un parque cercano. En una superficie muy pequeña de suelo podemos encontrar una enorme cantidad de formas de vida, y esa observación ya puede representar una experiencia significativa para un niño o una niña de tres o cuatro años.

No se trata necesariamente de llegar hasta un lugar extraordinario, sino de cambiar nuestra manera de mirar. No necesitamos recorrer grandes distancias para aprender de la naturaleza y convertirla en protagonista de la educación.

Los juegos son definidos como “biocooperativos”. ¿Qué significa este concepto?

—Son juegos basados en la vida y en las capacidades que desarrollan distintas especies para habitar sus ecosistemas. Al mismo tiempo, son cooperativos porque los participantes deben relacionarse y trabajar juntos para cumplir una misión.

Vivimos en un mundo donde existe la competencia, pero no todo tiene que ser competitivo. También podemos aprender a cooperar.

En uno de los juegos, los niños pueden convertirse en un búho que observa durante la noche; en otro, experimentar el camuflaje de una mantis. También pueden asumir el papel de dos cachuditos que deben realizar juntos una misión sin separarse.

Así, la información científica se transforma en una experiencia. Los participantes no solamente conocen una característica del animal, sino que deben poner en práctica capacidades como observar, escuchar, comunicarse, adaptarse o colaborar con otros.

¿De qué manera estas actividades pueden contribuir a la convivencia educativa?

—Actualmente, la educación enfrenta grandes desafíos relacionados con la convivencia. Si observamos el bosque esclerófilo, podemos apreciar que todo convive, todo se relaciona y nada vive completamente solo.

Aprender a convivir implica reconocer al otro. La naturaleza puede ayudarnos a desarrollar habilidades como escuchar atentamente, observar, esperar, adaptarnos a las circunstancias y comprender que cada integrante de una comunidad cumple una función.

En el bosque, la diversidad es necesaria para que el ecosistema pueda funcionar. Esa diversidad también existe dentro de una escuela. Cada persona es distinta y puede realizar un aporte.

Por eso, estos aprendizajes son especialmente relevantes durante la educación parvularia, cuando niños y niñas comienzan a construir sus miradas del mundo. A los cuatro, cinco o seis años pueden comprender que existen otros seres, que el bosque tiene vida, que todo se encuentra interrelacionado y que cada especie cumple una función.

Son aprendizajes basales y estructurales. Permiten comprender que vivir significa relacionarse y que las comunidades necesitan tanto de la diversidad como de la cooperación.

¿Qué espera que docentes y estudiantes hagan con este libro?

—Queremos que llegue directamente a las personas que pueden utilizarlo dentro del sistema educativo. La idea es entregar esta herramienta a profesores y profesoras, con sus contenidos, mediaciones y juegos, para que puedan aplicarla y adaptarla a sus propias realidades.

La presentación en el Museo de Historia Natural de Valparaíso cumple una función importante porque reúne ciencia, territorio y educación. Hemos invitado a docentes para que conozcan la publicación y puedan evaluar cómo incorporarla a sus actividades.

El libro recoge un trabajo desarrollado durante varios años y busca acercar los saberes de la naturaleza y del bosque a la educación. Nos interesa que esta propuesta pueda avanzar dentro del sistema público y que los sostenedores también apoyen su implementación.

Necesitamos dejar de presentar las ciencias naturales únicamente como una asignatura referida a objetos externos. La invitación es a comenzar a vivir la naturaleza como una experiencia directa y reconocerla como parte del proceso educativo.

¿Cómo pueden las familias aproximarse a Esclerófilo?

—El libro ofrece distintos niveles de lectura. Primero están las fotografías en primer plano, que buscan producir un acercamiento empático hacia los animales. Las especies no aparecen simplemente como grupos genéricos, sino como seres particulares, con una identidad.

Esa decisión busca alejarnos de una mirada excesivamente antropocéntrica que habla de “los pájaros” o “los animales” como si todos fueran iguales. Las imágenes permiten acercarse a ellos de otra manera, desde la interrelación y la convivencia.

El libro también entrega información científica de forma accesible y entretenida. Después aparecen los juegos, que permiten transformar esos contenidos en actividades familiares o educativas.

Una madre, un padre, un docente o una persona cuidadora puede acompañar a los niños en este recorrido. Pueden observar las imágenes, conocer las especies y luego jugar juntos. La publicación está diseñada para abrir diferentes posibilidades y no para imponer una única forma de lectura.

Uno puede crear un libro, pero no puede definir completamente cuál será su destino. Espero que llegue a muchos espacios y que cada familia o comunidad encuentre su propia manera de utilizarlo.

¿Qué puede enseñarnos el bosque esclerófilo frente a la desconexión y las rutinas de la vida urbana?

—El bosque esclerófilo posee una enorme riqueza. Quizás no tiene la exuberancia que normalmente asociamos con una selva y puede parecer más discreto, pero exige aprender a mirarlo.

Cuando uno se adentra en este bosque comienza a descubrir una gran cantidad de relaciones. Comprende que todo funciona en red y que nada vive aislado.

En las ciudades observamos situaciones de soledad, sufrimiento y desconexión. La experiencia de la naturaleza, en cambio, nos recuerda que todos vivimos en relación con otros. Lo mismo sucede con una escuela: no está sola, sino vinculada con su territorio, su comunidad y las familias.

Un árbol pertenece a un bosque y el bosque forma parte de un ecosistema. Nosotros también vivimos dentro de sistemas y dependemos de otras personas y formas de vida. En la naturaleza podemos observar relaciones de interdependencia y cooperación.

La naturaleza debe ser protagonista de la educación y no un mero paisaje. Reconectarnos con lo vivo permite alcanzar aprendizajes profundos que no se obtienen únicamente leyendo un libro o estudiando los recursos naturales desde una sala de clases.

No necesitamos visitar lugares lejanos. Podemos comenzar mirando una hoja o explorando cualquiera de los espacios naturales que rodean una escuela chilena.

De los diez animales incluidos en el libro, ¿cuál representa mejor su espíritu?

—Amo la naturaleza y a cada una de estas especies. Son personajes que han llegado hasta el lugar donde vivo, casi como si vinieran a pedirme que los fotografiara. Aquí aparecen cachuditos, tiuques, culebras y muchos otros animales.

Si tuviera que escoger uno, mencionaría la culebra de cola larga. Me parece extraordinaria por toda la historia evolutiva que contiene, por su forma de desplazarse y por su capacidad de desaparecer frente a nuestros ojos.

Yo les digo a mis hijos que la verdadera magia es tener una culebra de cola larga frente a nosotros y observar cómo desaparece. Su patrón corporal y su movimiento hacen que rápidamente se pierda dentro del entorno.

 

Al mismo tiempo, deja rastros que pueden ser percibidos por aves como el tiuque, capaces de detectar señales que nosotros no vemos. Presenciar esas relaciones permite comprender cómo se encuentran las dimensiones ambientales, ecológicas, culturales y territoriales.

La naturaleza no es solamente un recurso, un paisaje bonito o algo interesante para estudiar. También forma parte de la identidad y de la experiencia de las personas que han vivido históricamente en estos territorios, como ocurre en el campo de la zona central de Chile.

Todas las especies incluidas en Esclerófilo son fascinantes. Convivir con ellas nos ha dejado, a mí y a mi familia, experiencias inolvidables sobre el funcionamiento del bosque. Eso es lo que esperamos compartir mediante este libro: una invitación a mirar con atención, reconocer a los otros seres vivos y comprender que todos formamos parte de una misma red.

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