Los Fondos Generacionales cambian esa lógica. Serán diez: uno inicial para quienes tengan hasta 35 años, ocho cohortes intermedias de cinco años y uno de Consolidación para los mayores de 75. Cada persona será asignada según su año de nacimiento y permanecerá en su cohorte. Lo que evolucionará será la cartera del fondo, reduciendo gradualmente el riesgo conforme sus integrantes envejezcan.
Pensemos en Paula, nacida en 1987. Al comenzar el régimen integrará la cohorte de 36 a 40 años. No tendrá que decidir cuándo volverse más conservadora ni trasladar sus ahorros: la estrategia de su fondo recorrerá ese camino. Lo valioso no es solo el destino de la inversión, sino la suavidad del trayecto.
Chile tampoco inventa una rareza. Estados Unidos popularizó los fondos con fecha objetivo; Australia permite estrategias de ciclo de vida dentro de MySuper, y México migró en 2019 a diez fondos generacionales. La experiencia internacional advierte que el diseño no garantiza buenos resultados: importan la trayectoria de riesgo, los costos, la competencia y la fiscalización.
Por eso, el cambio no permite desentendernos. Las comisiones seguirán importando, pero deberán observarse la rentabilidad de largo plazo, el riesgo asumido y la claridad con que cada AFP explique sus decisiones. Necesitamos que cada afiliado pregunte cómo se invierten sus ahorros, sin ser experto, pero sí consciente de sus recursos. Los Fondos Generacionales pueden corregir decisiones por diseño; su aporte mayor sería acercar la conversación previsional a sus verdaderos dueños.