
El conferencista especial del XVII Congreso Geológico Chileno abordará el primer registro de capibara fósil formalmente descrito en el país. El hallazgo, realizado en Renaico, abre nuevas preguntas sobre los ecosistemas del Plioceno y el desplazamiento de mamíferos a través de los Andes.
Un molar encontrado durante la construcción de un parque eólico en Renaico, en la Región de La Araucanía, permitió documentar la presencia de un pariente extinto de los capibaras en Chile hace aproximadamente 4,5 millones de años. El fósil, atribuido al género Phugatherium, aporta evidencia sobre los antiguos ecosistemas del sur del país y plantea una interrogante: ¿cómo llegaron estos roedores asociados a ambientes acuáticos al oeste de los Andes?
El Dr. Andrés Solórzano es geólogo, paleontólogo y doctor en Ciencias Geológicas. Actualmente es académico de la Escuela de Geología de la Universidad Católica del Maule, en Talca. Su investigación se enfoca en la evolución de los mamíferos cenozoicos de Sudamérica e integra evidencia fósil y herramientas analíticas modernas para estudiar su clasificación, distribución e historia evolutiva. Entre sus publicaciones se encuentra la reciente descripción del primer capibara fósil de Chile.
Solórzano participará como conferencista especial del Área Temática 6, Sedimentología, Estratigrafía y Paleontología, del XVII Congreso Geológico Chileno, que se realizará del 13 al 18 de diciembre de 2026 en Valdivia, bajo el lema «El futuro bajo nuestros pies». Su conferencia, «El primer capibara fósil de Chile: implicancias para la evolución y biogeografía de los roedores gigantes sudamericanos», presentará los alcances del descubrimiento y las preguntas que abre para futuras investigaciones.
—¿Dónde y cómo fue descubierto este ejemplar, y qué características permitieron identificarlo como parte de este grupo de roedores sudamericanos?
El ejemplar proviene de la localidad de Renaico, en la Región de La Araucanía, aproximadamente a seis kilómetros al sureste de la ciudad. Fue encontrado en sedimentos de la Formación Mininco durante los trabajos de construcción de un parque eólico.
El descubrimiento es interesante porque no ocurrió durante una campaña paleontológica tradicional. Los primeros restos fueron detectados durante el monitoreo arqueológico asociado al proyecto de construcción. A partir de ese hallazgo se solicitó la evaluación de especialistas y posteriormente se realizaron excavaciones paleontológicas sistemáticas, en las que se identificaron distintos niveles fosilíferos.
En cuanto al capibara, el elemento más importante es un molar superior aislado. Aunque pueda parecer poco material, los dientes de estos roedores tienen una morfología bastante característica. En este caso, es un molar euhipsodonte, de crecimiento continuo y sin raíz, formado por dos prismas con forma de corazón separados completamente por una fisura profunda.
Esta característica es particularmente importante porque permite reconocer el linaje que incluye a Phugatherium y a los capibaras actuales. Además, el tamaño y la combinación de otros caracteres de la superficie del molar permiten diferenciarlo de otros hidroquéridos fósiles y asignarlo al género Phugatherium.
—¿Qué antigüedad tiene el fósil y qué información entrega sobre los ambientes y ecosistemas que existían en ese territorio?
El fósil tiene aproximadamente 4,5 millones de años, es decir, corresponde al Plioceno temprano. La edad de la Formación Mininco ha sido establecida a partir de dataciones U-Pb (uranio-plomo) de niveles de tobas y conglomerados ricos en pómez, que indican una antigüedad aproximada de entre 4,5 y cinco millones de años.
Lo interesante es que el ambiente de Renaico era muy diferente al paisaje que vemos actualmente en buena parte del sur de Chile. Los sedimentos portadores del fósil indican la presencia de sistemas fluviales y ambientes asociados a cuerpos de agua dulce. En particular, las características del nivel donde aparecieron los mamíferos son compatibles con ambientes palustres o lacustres, como lagunas, pantanos o sectores asociados a sistemas fluviales.
La Formación Mininco también conserva restos de hojas, madera y otros indicadores de ambientes de agua dulce. La presencia de Phugatherium aporta información adicional: los capibaras y sus parientes extintos tienen una fuerte asociación con ambientes acuáticos. Por otro lado, en la misma localidad encontramos restos de macrauquénidos, mamíferos herbívoros hoy extintos que se relacionan más con ambientes abiertos.
La combinación de ambos grupos sugiere que no estamos hablando de un ambiente uniforme, sino de un paisaje en mosaico, con cuerpos de agua dulce y sectores de vegetación abierta. El fósil no solamente nos dice que había capibaras, sino que nos ayuda a reconstruir cómo era parte del ecosistema del sur de Chile hace unos 4,5 millones de años.
—¿Qué se conocía sobre la distribución de los capibaras y sus parientes extintos en Sudamérica, y de qué manera este hallazgo amplía ese registro?
Los hidroquérinos modernos viven exclusivamente al este de los Andes, desde Panamá hasta el sur de la provincia de Buenos Aires. El registro fósil, que es mucho más diverso que la fauna actual, seguía básicamente el mismo patrón. Para el Mioceno tardío ya estaban distribuidos desde Venezuela hasta el norte de Patagonia, pero siempre del lado oriental de la cordillera.
En Chile prácticamente no había registros. Existía una mención previa de un molar superior aislado atribuido tentativamente a cf. Cardiatherium de la Formación Bahía Inglesa, en Atacama, pero ese material no fue descrito ni ilustrado formalmente y quedó como un reporte preliminar en un resumen de congreso.
Por eso somos cuidadosos con las palabras. El material de Renaico es el primer registro de carpinchos en Chile formalmente descrito y sustentado anatómicamente, y el primero atribuible al género Phugatherium. Este fósil demuestra que hace aproximadamente 4,5 millones de años existían hidroquéridos al oeste de los Andes, en lo que actualmente es Chile.
—¿Qué implicancias tiene este descubrimiento para comprender la evolución y el desplazamiento de estos roedores a través del continente?
Creo que una de las cosas más interesantes es que el hallazgo nos obliga a pensar en los Andes no simplemente como una barrera que siempre estuvo impidiendo el movimiento de las faunas.
Hace unos 4,5 millones de años, los Andes en esta latitud ya eran probablemente una barrera topográfica importante. De hecho, se estima que alrededor de los 38° sur la cordillera ya había alcanzado una proporción muy importante de su elevación actual. Entonces aparece una pregunta: ¿cómo llegó un roedor asociado a ambientes acuáticos desde las regiones orientales hasta el margen occidental de los Andes?
El artículo plantea distintas posibilidades, pero todavía no podemos elegir entre ellas. Una posibilidad es que haya ocurrido una dispersión desde Argentina hacia Chile durante el Plioceno. También es posible que existieran corredores asociados a valles y sistemas fluviales que permitieran atravesar la cordillera en determinados momentos.
Lo importante es que no queremos presentar una explicación definitiva a partir de un solo fósil. El hallazgo plantea una pregunta biogeográfica que ahora podemos comenzar a investigar con más datos. Incluso existe la posibilidad de que los ejemplares chilenos correspondan a un linaje todavía no reconocido dentro de Phugatherium, algo que requerirá nuevo material y análisis filogenéticos para comprobarse.