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Ambivalencia de la ciencia

Tiempo de lectura: 20 minutos
Alejandra Parra
Periodista y Comunicadora Social egresada de la Universidad Austral de Chile el 2013.Diplomada de Marketing Digital de la Pontificia Universidad Católica el 2020. Con 10 años de experiencia en el área comunicacional, enfocada en el plan estratégico.

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Según la III Encuesta Nacional de Percepción Social de la Ciencia y Tecnología realizada en 2022 y cuyos resultados acaban de ser publicados por el Ministerio de Ciencia un 74,2% de los encuestados cree que la ciencia y tecnología han sido un aporte al desarrollo de Chile en los últimos dos años y un 81% dice que su desarrollo en los próximos 20 traerá bastantes o muchos beneficios para el país. Sin embargo, al mismo tiempo un 51,8% asocia los avances científico-tecnológicos a bastante o mucho riesgo. ¿Aporte o riesgo?

Dr. Iván Suazo. Vicerrector de Investigación y Doctorados, Universidad Autónoma de Chile
Comunicaciones UA.- Incluso un 61,4% está de acuerdo con la frase “dependemos demasiado de la ciencia y no suficiente de la fe”, mucho más del 40% que estuvo de acuerdo con aquellas frases en Estados Unidos en la primera encuesta aplicada para medir la relación ciencia‐público por la Universidad de Michigan en 1957, poco antes de que la Unión Soviética lanzara el Sputnik I. Tendencia que se ha mantenido sin mayor variación por más de cuatro décadas.
Diversos autores han planteado que la percepción ambivalente hacia la ciencia y tecnología registrada en estas encuestas internacionales de referencia, y en la que podemos hoy situar la versión chilena, sería parte de una desconfianza más amplia hacia el conjunto de las instituciones sociales modernas, dentro de las cuales la ciencia presenta ciertas particularidades debido a su centralidad social, especialización y compromisos con el sistema político‐económico.
Como señala la tesis doctoral de Pablo Villarroel (2014), la percepción crítica de la ciencia y la tecnología sería producto de una crisis estructural de la modernidad industrial y sus instituciones en la que los individuos se ven enfrentados a las consecuencias indeseadas de dicha modernidad, muchas de las cuales pueden ser atribuidas a la ciencia y la tecnología. De esta situación habría derivado una creciente conciencia social reflexiva ante los riesgos autoproducidos por la misma modernidad.
Cuando Miller y Pardo (2000) discuten sobre los resultados de encuestas aplicadas en Estados Unidos, Europa, Japón y Canadá, concluyen que la actitud de preocupación o “reserva” frente a los eventuales efectos negativos tienen que ver con el temor del público a que la ciencia o sus productos puedan amenazar sus tradiciones, creencias o valores.
A lo que podemos agregar el análisis de Blanco e Iranzo (2000) quienes señalan que la ambivalencia del público hacia la ciencia siempre ha existido, derivada principalmente de que el discurso social sobre la ciencia‐tecnología sobredimensiona la expectativa de las “promesas” de la ciencia, que muchas veces no pueden ser cumplidas ya sea por la incerteza propia de la aproximación científica o debido a que los protocolos de la ciencia requieren tiempos diferentes que los exigidos por el público, en especial en el caso de controversias.
Los resultados recién presentados nos instan a hacer cambios en la forma en que el mundo científico se vincula con la sociedad. Debemos dejar de lado la postura paternalista que ha predominado, para apostar por la co-creación, la escucha activa y apuestas por mayor ciencia ciudadana si queremos transitar a una sociedad del conocimiento.

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