“Nuestro laboratorio es el Desierto de Atacama”

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Celeste Skewes, Ciencia en Chile. Afirma el PhD Calogero Santoro, destacado arqueólogo chileno y académico de la Universidad de Tarapacá (UTA) e investigador del Instituto de Alta Investigación, al conversar con Ciencia en Chile sobre la convivencia milenaria de los seres humanos en el desierto más árido del planeta, el rol del agua como transformador radical del paisaje durante los últimos 13 mil años, y la crítica escasez hídrica que hoy vive Chile.

¿Qué es lo que investiga?

Calogero Santoro. Autoría: George Serras.

Soy arqueólogo, formado por la Universidad del Norte y, como buen arqueólogo, la preocupación fundamental de nuestro trabajo es tratar de entender los modos de vida de poblaciones que hoy día han desparecido. Son sociedades cuyos restos materiales son el único registro de sus sistemas de vida. De ellas no existe escritura ni hay nada grabado que permita escuchar o tener una información de primera mano respecto a sus estructuras políticas, relaciones sociales o sistemas de creencias. ¿Cómo se hacían los instrumentos? ¿cómo se cocinaba la comida? Son muchos comportamientos y patrones culturales que se pierden al no haber información directa. Y como no los podemos observar, por que ya no existen en la faz de la Tierra, sólo nos quedan los restos materiales que han traspasado el tiempo hasta el presente, mudos testigos de su existencia en el planeta, para ser estudiados.

Quebrada de Sipuca. Autoría: Paula Ugalde.

Lo que hacemos es tratar de vincular la historia de estos pueblos antiguos con la historia del paisaje, de los ecosistemas donde la gente vivió y que de alguna manera transformó. Es un trabajo interdisciplinario que hacemos con paleoecólogos, geógrafos, geólogos, quienes hilan la historia natural y nosotros hilamos la historia social. Vemos cómo las sociedades humanas intervinieron y si influyeron o no en los cambios que ocurrieron en la naturaleza. También, vemos si los cambios propios que ocurrieron en los ecosistemas afectaron o no a las poblaciones humanas.

Nuestro laboratorio es el Desierto de Atacama, lugar que ofrece desafíos y garantías bastantes estimulantes. Siendo uno de los desiertos más extremos del planeta, permite mostrar la riqueza de la inventiva humana para enfrentar y transformar todo tipo de ambientes.

¿Eso fue lo que le atrajo del Desierto de Atacama para estudiar esta interacción entre seres humanos y paleo ambientes durante los últimos 13 mil años?

En parte sí. Yo crecí en el desierto, soy de Antofagasta, y después me fui a vivir a Calama, que es un oasis en medio de la nada. Por eso mantengo una relación entre amorosa e íntima con este ambiente. Siempre me atrajo y le tengo afecto porque es algo que viene de mi infancia. Hoy los únicos habitantes de estos espacios de extrema aridez son las empresas mineras que se establecen en campamentos donde todo lo que está allí es traído de afuera, la luz, el agua, la comida, todo es artificial. Esta nueva manera de instalarse en lugares inhóspitos es parte de la modernidad del siglo XXI.

También con la modernidad comienza a surgir un concepto de “espacio vacío”

Claro, los europeos justamente llamaron a la zona al sur de Calama o al sur del Salar de Atacama, de aproximadamente 500 kilómetros hasta Copiapó, como el “gran despoblado de Atacama”. Y si uno lo ve desde el punto de vista europeo, efectivamente impresiona como un gran despoblado. Pero, si observa de la manera como la gente manejaba este espacio, aparece un territorio que formaba parte de los sistemas de vida de la gente, de los que vivían en la costa o de los que vivían en el interior en los oasis y praderas andinas. Son, pues, espacios que parecieran estar vacíos, pero que en realidad formaron parte de distintos modos de vida, que se reproducen en las actuales ciudades y pueblos.

Esa historia parece estar olvidada o no estar reconocida en la sociedad chilena, en general, que visualizan el desierto hoy día de la misma manera que lo hicieron los europeos en el siglo XVI. Por ejemplo, la gente dice: “¿Por qué se reclama tanto por el Dakar si pasa por el desierto donde no hay nada, no afecta nada?”. Esto significa desconocer que hay gente que habita y se mueve por el desierto, que lo aprecia de manera distinta a la valoración económica que le da la minería y la cultura política del país. Tenemos que entender que hay muchas maneras de vivir y de relacionarse con el desierto y sus distintos territorios.

Lo que nosotros reclamamos es que el norte siempre ha sido el patio trasero productivo de Chile. La caja pagadora y el desarrollo del país se debe al norte, desde el siglo XIX, a través de la gran minería, primero con el salitre, luego el cobre y ahora el litio. Entender, entonces el desierto como un espacio vacío, ha dado pie para que la gente piense que aquí se puede hacer lo que se quiere: “En este desierto no vive nadie, es despoblado, echémosle para adelante”. Por lo tanto, “no nos preocupemos del agua, ni de su contaminación, ni del océano, porque es un espacio vacío”.

¿Por qué es importante entender la forma cómo los seres humanos del pasado enfrentaron cambios climáticos en este territorio?

El cambio climático siempre ha existido, es parte de la historia del planeta, ha habido fluctuaciones en muchos sentidos, épocas más frías, épocas más calurosas, épocas más secas, épocas más lluviosas. Pero, como no ha estado en la conciencia colectiva planetaria, es como que si no existiera. Actualmente, con la realización de la existencia real del cambio climático, estamos enfrentando otro gran descubrimiento en la historia de la humanidad. Como cuando se estableció que el universo no gira alrededor de la Tierra, o que ésta no es plana, el cambio climático se ha instalado en la conciencia social con distintas interpretaciones desde grupos extremos que dicen que la acción humana no tiene nada que ver con esta realidad, hasta grupos que dicen que todo se debe a los humanos. Yo pienso que la cosa es mucha más compleja que eso.

¿Cuál es el vínculo de las poblaciones del pasado con el futuro incierto del cambio climático?

¿Qué es lo que vemos en el pasado? Vemos que hay fluctuaciones, que hubo cambios que trasformaron y extinguieron conjuntos completos de plantas y animales. En el desierto, hubo épocas con más agua, porque llovió más en el interior, hacia los Andes, lo que significó que todo el sistema hidrográfico fuera más potente y permanente. Durante estos períodos florecieron y se incrementaron las plantas, animales y había mucha más vida. Pero también han habido épocas más secas que las actuales, lo qué significó colapsos totales de los ecosistemas.

Sabemos que existe un primer ciclo de mucha agua en el desierto, ciclo que va desde 13 mil a 10 mil años atrás. De esta manera, hasta ese momento había un ambiente totalmente diferente. Había fauna y flora hoy extinta, un montón de animales como roedores, aves acuáticas, guanacos, vicuñas y también muchos árboles y plantas que dejaron de existir. Desparecieron en parte, tal vez, por la actividad humana, pero fundamentalmente porque el planeta entró y, específicamente en este lugar, en un ciclo de menor pluviosidad en el que hubo varios milenios sin agua. En ese momento el Desierto de Atacama se transformó en un espacio yermo, donde no se podía hacer nada, los humanos simplemente no podían vivir allí.

A partir de esto podemos hacer la siguiente reflexión, ¿qué hacemos si la madre tierra responde de una manera que afecta totalmente la vida de la sociedad humana? Esta interrogante es la que tratamos de contrastar entre la historia cultural y natural para contribuir a la discusión contemporánea sobre estas temáticas. Tratamos de hacer conciencia y encontrar soluciones para que el planeta pueda sobrevivir.

Yo creo que hoy las cosas están mal, que el planeta está siendo estrujado de manera exacerbada. La escasez de agua es un problema gravísimo de lo que todavía no nos queremos dar cuenta en Chile. Aparece en las noticias: “Se seca Petorca”, “los agricultores de por allá no tienen agua hace no sé cuántos meses”, “esta ciudad ya no tiene agua”, y después ya no es tema, da lo mismo. Como científicos, tenemos que sensibilizar más a la población, esa es nuestra tarea y debemos trabajar más en eso. No basta con limitar la ducha a tres minutos, la situación es mucho más estructural y requiere de mucha más conciencia, de más y mejores legislaciones, soluciones técnicas y cambios en los patrones de uso del agua.

Para estudiar la ocupación humana en la Pampa del Tamarugal, utilizó un modelo que se centra en la interacción entre los servicios ecosistémicos y las estrategias adaptativas empleadas por grupos humanos. ¿Nos puede contar sobre esto?

Fotografía de Calogero Santoro, en Quebrada Los Pintados. Autoría: Jacqueline Correa.

Al desierto llegaban las poblaciones con un bagaje cultural que, en vez de degradarse, se enriquecía. La gente llegaba con su cultura y siguió progresando, funcionando, desarrollando y transformando ese bagaje. Los cazadores recolectores dependían fundamentalmente de los servicios ecológicos que existían en el lugar, tenían poca capacidad o no tenían interés en transformar esos servicios o agregar servicios adicionales. Entonces, lo que hacían era integrar y utilizar ciertos aspectos, ciertos segmentos de esos servicios: agua, casa, arquitectura, buenos lugares para vivir, por ejemplo, más sombreados, menos fríos, lugares donde podían caminar sin problemas, etc. Estos son los servicios ecológicos que una sociedad elige para habitar un determinado lugar, estableciendo un circuito de interacción con el medio ambiente.

Cuando cambia la tecnología se pueden agregar cosas a esos servicios ecosistémicos. La agricultura es el mejor ejemplo. En el Desierto de Atacama, si usted no riega, no hay agricultura, porque no hay lluvia y ¿qué es lo que hizo la gente? Tuvo que aprender a canalizar, a hacer terrazas de cultivo, buscar semillas y plantas que se adaptaran a los suelos salinos y secos. Todo esto significó reajustar, transformar, reorientar los servicios ecosistémicos para las necesidades sociales, políticas y económicas del momento.

¿Cuáles fueron las transformaciones del paisaje del Desierto de Atacama y los periodos de continuidad y discontinuidad de la ocupación humana desde su primera aparición?

Yo creo que el mejor ejemplo es lo que nosotros estamos llamando ahora la famosa “Revolución Verde” que ocurrió hace unos 3 a 4 mil años atrás. Es el segundo ciclo lluvioso que sigue al de los 13 a 10 mil años atrás, aumenta la pluviosidad en la vertiente de la cordillera que mira hacia el Océano Pacífico – que es la más seca. Aquí caen 300 a 500 milímetros de lluvia por año frente a los 3.000 a 4.000 milímetros anuales de precipitaciones en la vertiente oriental. El agua que corre hacia abajo (hacia la costa del Pacífico) permite que haya más o menos vegetación, más o menos animales, más o menos recursos ecológicos.

Así, vino esta nueva “época de bonanza”, una época en que ingresó más agua al desierto, pero el agua caída en este período no fue suficiente para sostener una población cazadora-recolectora. Ingresaron entonces como agricultores que trabajaron los pocos milímetros de agua para cultivar en el desierto. Esto significó una segunda transformación del ambiente. Todas las plantas que comemos hoy, la mandioca, el camote, el maíz, la quinua, la papa, fueron domesticadas fuera del desierto, por lo que estos cultivos fueron traídos desde la floresta tropical o del noreste argentino o de la zona norte del Perú. Los trajeron al desierto y la gente tuvo que buscar maneras de hacerlos productivos. Debió demorar un tiempo ver florecer estos cultivos que se introdujeron a la Pampa del Tamarugal.

A consecuencia de ello, en esa época hubo una gran transformación del paisaje, porque verdearon donde no había verde, llevaron plantas que no existían, las llevaron a estos lugares y eso también afectó a la poca flora local que había. Fueron micro-transformaciones que se produjeron al eliminar todas aquellas plantas que “no servían” o que afectaban el crecimiento de las plantas que se querían que prosperaran. Es como en un macetero donde, si uno quiere que crezca una petunia, todo lo que no sea una petunia se saca, ¿no es cierto? En el fondo, uno está afectando el ecosistema del macetero, como lo hizo la gente en el desierto.

Después de esta época de bonanza vino un segundo colapso producido por otra larga sequía. Todas las aldeas que existían hasta hace mil años atrás, los sistemas de canales y los reservorios donde almacenaban agua, todo quedó botado y se transformaron en las ruinas que tenemos hoy en la Pampa del Tamarugal. Así, la Pampa quedó desocupada hasta el siglo XIX, cuando empezó la explotación salitrera.

Usted afirma que existió una transformación radical del paisaje y sus relaciones socio-ambientales a partir de la Conquista que, introdujo un régimen proto-capitalista enfocado en la explotación de materias primas y que fue responsable de tensionar las relaciones humanas-ambientales. ¿Cuáles fueron las consecuencias de esta tensión que caracterizó el fin de la época del Holoceno y dio paso al inicio del Antropoceno?

Vuelvo a los servicios ecosistémicos. Por ejemplo, los cazadores, cazaban lo que necesitaban y, como no había refrigeradores ni tecnología sofisticada para conservar tanta cosa, no se sobreexplotaba, no se recogía más de lo que se necesitaba. A los agricultores les pasó lo mismo, producían lo que necesitaba y un poquito más porque, por ejemplo, en sociedades de agricultores cuando comenzó a haber divisiones de los roles sociales, no toda la gente estuvo dedicada a producir comida. Hubo gente que tenía otras funciones y a esas personas había que alimentarlas. Había que producir extra, para todo esto y también para el intercambio.

Cuando se entró en la era industrial ya no se producía sólo para la comarca, se producía para el planeta. Chile, produce cobre para todo el planeta, no se produce cobre sólo para las necesidades de Chile. Lo mismo ocurrió con el salitre, no era para los agricultores de Chile, sino que para todos los agricultores del mundo. Entonces, esos son los cambios de escala de uso de los servicios ecosistémicos, y en la medida que las presiones aumentan para tener una mayor extracción, afecta el sistema, sobre todo, el agua. Lo más importante es el agua, porque todos estos procesos extractivos mineros requieren de ella. Son las escalas de explotación, la escala de un solo recurso la que va cambiando y lo va mermando.

También vamos cambiando la tecnología. Por ejemplo, cuando yo llegué a Arica, el año 1976, los pozos que extraían agua de napas subterráneas estaban a 7-10 metros de profundidad. Con una bomba pequeña se conseguía agua. Hoy, se requiere profundizar 400-500 metros para conseguir agua. Esto significa que hay que meter máquinas más poderosas, ya no basta con una bombita chica. Lo que la ciudad hace es poner tecnología más potente para seguir bombeando el subsuelo. Esto no es innovación tecnológica de verdad. Se afirma que “estamos innovando. Antes podíamos extraer 100 litros de agua por segundo, ahora estamos sacando 10.000 litros por segundo”. Esto que se presenta como “innovación tecnológica”, sólo está cambiando la capacidad tecnológica extractiva, nada más.

El “Acta de Tarapacá. Pueblo sin agua, pueblo muerto”, es un llamado de atención urgente de la sociedad científica a la sociedad civil y política sobre el desmesurado y mal uso del agua en el Desierto de Atacama. ¿Cómo surge este documento? Y, ¿cuál que es el papel del científico/a en la transformación socio-cultural y política?

Lamentablemente, los regímenes políticos no consultan a las instancias científicas, el diálogo es mínimo y en Chile se pierde el conocimiento científico en la toma de decisiones. El país invierte mínimamente en investigación científica y ese gran conocimiento no se usa en la definición de políticas públicas. Son otros los factores e intereses que influyen en la toma de decisiones. El lobby y los intereses económicos de determinados grupos sociales de nuestra sociedad tienen mayor gravitancia.

Por eso nosotros, un equipo de científicos de universidades de provincia y de Santiago, decidimos hacer este llamado nacional y lo hicimos con el respaldo de un grupo mayoritario de premios nacionales en ciencias, historia, matemáticas, entre otros, así no se pondría en duda la palabra de los premios nacionales, quienes han sido reconocidos por el Estado y la sociedad, además de ser líderes en sus disciplinas. El Acta de Tarapacá fue entregada en La Moneda el 4 de junio de 2018. Sin embargo, hasta el día de hoy, no hemos recibido respuesta.

Nosotros debiéramos tomar otro tipo de acciones, que signifiquen ir más allá de la ciencia. Deberíamos involucrarnos más en los sistemas políticos, buscar una manera de influir, pero en realidad, la formación científica no nos prepara para eso. Ese rol de vinculación, por ejemplo, podría recaer en periodistas científicos. Periodistas que pueden hacer ese nexo, porque el rol de ustedes es, justamente, el de comunicadores sociales, integrando mundos que tienen lenguajes distintos. Y buscar los puntos de encuentro, puntos de entendimiento. Por eso, para mi es fantástico que existan periodistas preocupados de la ciencia.

Yo diría que, en general, hay conciencia sobre el problema de vinculación, pero hay poca capacidad instalada y poco interés. Estamos más cómodos dentro de la burbuja de la universidad, cuyos sistemas organizacionales te dicen, de alguna manera: “hagan lo que quieran, sigan haciendo las cosas raras que saben hacer. Sigan publicando, en revistas científicas de alta visibilidad mundial, para darle prestigio al país”. Pero, el prestigio científico también requiere tener impacto en la sociedad en general. Y que no sea un impacto solamente por el lado económico. Parte del bienestar social también es parte de la economía, defender al medioambiente también es parte de la economía, e invertir en esto también es importante, y no debe ser considerado un gasto, sino una inversión. Este es el tipo de cosas que los científicos deberíamos también estar permanentemente diciendo, dialogando con los actores que corresponde. Pero existe un abismo entre ambos que aún no logramos romper.

Para hacer frente a la crítica escasez hídrica que se vive en Chile, la primera medida remedial propuesta en el Acta de Tarapacá es la desmercantilización del agua, como forma de garantizar que ésta sea un derecho inalienable. ¿Cuál es la importancia de medidas de carácter estructural como ésta?

El tema que el agua vuelva a ser un bien público, un bien del Estado, es un hueso duro de roer, porque hoy día en Chile todo se vende. Por último, decimos bueno, si lo van a vender, que lo venda el Estado. Así como hemos logrado que el cobre, a través de CODELCO, sea todavía una institución del Estado, debiera pasar lo mismo con el agua, y también con la electricidad. Empresas del Estado debieran ser parte de la distribución y venta de estos servicios básicos. El Estado debería proveer esos servicios y funcionar en el mercado como corresponde, pero no con la ferocidad que existe hoy, de mercados cautivos y consorcios monopólicos que no compiten. Mientras esto esté en manos privadas, vamos a tener problemas con el agua y otros servicios básicos porque no está en el ADN de las empresas preocuparse del bienestar de la población. El Estado tiene que preocuparse del bienestar de la población y los científicos debemos contribuir a hacer conciencia sobre esta necesidad que estamos enfrentando y que enfrentarán las sociedades del futuro.

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Equipo de Arqueología en QM32. Autoría: Paula Ugalde

Las opiniones vertidas, aunque personales, representan resultados de investigación en los que han participado personas como Eugenia Gayo, Claudio Latorre, Virginia McRostie, Victoria Castro, Jacqueline Correa, Paula Ugalde, Daniela Osorio, Katherine Herrera, Wilfredo Faundez, Antonio Maldonado, José Barraza, José Capriles, Mauricio Uribe, Daniela Valenzuela, Vivien Standen, Alejandra Domic, María Eugenia de Porras.
Instituciones participantes: Universidad de Tarapacá, Pontificia Universidad Católica de Chile, Universidad de Concepción, Centro Avanzado de Estudios de Zonas Áridas.

Proyectos FONDECYT 1160744, 1150763, CONICYT/PIA proyecto ANILLO SOC1405; CONICYT/PCI proyecto PII20150081, entre otros más.