La transformación de la naturaleza y la emergencia de enfermedades

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Eduardo Muñoz Pérez, Biólogo en Gestión de Recursos Naturales. Gestor Educativo Proyecto Ecoturismo con Lupa en Áreas Silvestres Protegidas de Aysén (FIC-R-2019).

La emergencia de nuevas enfermedades como COVID-19 responde, entre otros factores, a la acción humana en gran escala, que, al transformar los biomas, altera la relación con la naturaleza y favorece la emergencia y dispersión de los virus. Las pandemias virales y la ocupación de la naturaleza, en efecto, están estrechamente relacionadas. Los virus son parte de la naturaleza, y aunque han sido considerados los compañeros no deseados de la evolución, hoy se han comprendido mejor sus roles en la vida pasada y presente de la Tierra, y, en el contexto de la incesante urbanización del mundo y de un sistema global de salud inequitativo, su transmisión e impacto en la sociedad humana.

Estos virus son partículas compuestas por ácidos nucleicos rodeados por un recubrimiento proteico. Necesitan células vivas para replicarse, generalmente destruyéndolas en el proceso. Son causantes de la peste porcina, fiebre aftosa, moquilllo, influenza, varicela, herpes, rubéola, sarampión, rabia y la lista suma y sigue. Es por esto que Peter Medawar, Premio Nobel de Medicina 1960, los describiera como “un trozo de malas noticias envuelto en una proteína”. ¿Será así?

Desde el surgimiento de la vida en la Tierra, los virus han formado parte de los biomas, cumpliendo roles ecológicos claves. En el agua, por ejemplo, los virus pueden controlar las densidades poblaciones mediante la infección de algas, bacterias y protistas. Genéticamente pueden cambiar muy rápido generando formas alternativas de genes, por lo tanto, los virus pueden ser fuente de nuevos genes para los organismos que “atacan”.

Los virus también influyen en la vida de las plantas, alterando sus rasgos bioquímicos, fisiológicos y estructurales, influyendo en su diversidad fenotípica, en su longevidad individual y su reproducción. Esto condiciona la alimentación o el hábitat de mamíferos, aves, insectos y una serie de organismos que se benefician de las plantas. En una escala de miles y millones de años, el rol ecológico de los virus va reestructurando el paisaje de la vida tanto en el micro como macromundo, los que están íntimamente relacionados. Por tanto, los virus no pueden, pues, ser considerados meras “malas noticias”.

La expansión de la población mundial lleva a aumentar la interacción entre las actividades humanas y los biomas, y por lo tanto sobre los organismos que viven en ellos. Ello ha traído como consecuencia la fragmentación de los ecosistemas. Esto provoca que los virus residentes en animales o insectos pueden liberarse a los ambientes humanos más fácilmente, generando infecciones zoonóticas. Hay una alta correlación entre la modificación de los bosques (tropicales o siempreverdes, por ejemplo), y la constante presión por población y pastoreo, áreas cultivadas, y áreas de alta biodiversidad que pueden permitir la emergencia y transmisión de nuevas enfermedades a humanos; esta relación ha sido particularmente estudiada en zonas de alta biodiversidad de mamíferos tropicales.

En efecto, el contacto físico entre humanos y primates no humanos, por ejemplo, puede facilitar la transmisión de enfermedades infecciosas y puede aumentar la tensión entre estas poblaciones en sectores rurales que viven cerca de bosques. Las zoonosis en este contexto han sido descritas como una de las grandes amenazas a la salud mundial. El coronavirus es un ejemplo de esto. Se desarrolló en un mercado de vida silvestre, donde una gran proporción de este tipo de negocios está relacionada a actividades ilegales de tráfico animal, red que se extiende no solo en China, sino que por todo el Mundo.

De muchas otras lecciones que puede dejar la dispersión del coronavirus por el globo, una de estas es la relación entre la emergencia de enfermedades zoonóticas y la crisis de la biodiversidad global, producto de la sobreexplotación de la vida silvestre y la destrucción de sus hábitats. Esta crisis pone en relevancia dos cosas: la importancia de la conservación y la preservación de los espacios naturales, y la reflexión que hay que hacer en torno a las actividades que se realizan en estos espacios. Es más importante que nunca recordar que las actividades humanas influyen directa o indirectamente a los fenómenos ecológicos en escalas locales y globales.

Adentrarse en el paisaje de lo micro, como es el estudio de los bosques en miniatura, nos permite entender en mayor profundidad las relaciones, entre lo micro y lo macro; los microbosques, a pesar de su pequeño diseño, pueden ser claves para el funcionamiento de los ecosistemas a escalas pequeñas o grandes. Algunos géneros de musgos (como Sphagnum) pueden capturar enormes cantidades de carbono atmosférico. Los líquenes nos invitan a recordar que las simbiosis ha sido una estrategia evolutiva vital para la aparición de los diferentes reinos de la naturaleza. Los virus, no teniendo vida, son parte del microcosmos y las pandemias no son un ataque organizado de un enemigo hacia los humanos; pero si el humano irrumpe de la manera equivocada en su microcosmos nos pueden pasar la cuenta.