La ciencia, los datos y la postverdad

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Dr. Juan Carlos Skewes V. Departamento Antropología Universidad Alberto Hurtado.

Las políticas públicas cada vez dependen más del uso de información científica. Preguntas en apariencia simple son de alta complejidad. ¿Qué sector de la población debe vacunarse, contra qué? Es algo para lo cual no hay sentido común que opere. La exposición al riesgo en medios industriales, la composición de los alimentos, los insumos empleados en la fabricación de pinturas, la capacidad de resiliencia de los cuerpos de agua, son otros de los miles temas que circulan entre los ministerios y el parlamento, y lo hacen acompañados de los respectivos lobbies: las grandes corporaciones son puntuales a la hora de imprimir materiales en papel cuché, hacer giras promocionales y demostraciones in situ para exaltar las virtudes de sus productos. Sobre esta base, por ejemplo, se preconizó la inocuidad del cigarrillo, o la conveniencia de la leche en polvo como sustituto de la leche materna. Por el otro lado, también los movimientos sociales se mueven avanzando sus intereses por sobre los de la comunidad en general. El caso de la resistencia a los programas de vacunación es un ejemplo de ello.  Las instituciones que desarrollan la actividad científica, a su vez, dependen en buena parte de los recursos financieros y más allá de los que provee el sector público puede haber mayor o menor generosidad de la empresa dependiente del tipo de conocimiento en que se quiera avanzar.

La arena movediza en que discurre la discusión se torna aún más peligrosa con la emergencia de un conocimiento manufacturado, hecho a pedido, que se suma al caudal de información que supone la postverdad. Esta, entendida como el contexto donde los hechos objetivos son menos gravitantes en definir la opinión pública que la invocación a las emociones o a las creencias de las personas (Oxford Dictionary). Y es en este punto donde conviene detenerse. Permítaseme un ejemplo. De los muchos testimonios que he escuchado en relación al abuso sexual dentro de la Iglesia Católica está el de una niña que vanamente trataba de comunicar a su madre acerca del comportamiento impropio del sacerdote durante la confesión.  La madre no solo no prestó suficiente atención a su hija sino que, además pudo recriminarla: “¿Cómo se te ocurre pensar algo así del padre?” Si yo le creo entonces todos los datos, toda la información que se me entregue se torna inútil. Es pecado pensar mal de un cura. Pues bien, este es el confort que se deriva de la postverdad. Pero tal confort es traicionero: la niña humillada por un sacerdote se traduce, años después, en la destrucción de una persona y en el quiebre de una familia. “Yo pensé que el tabaco no era dañino para la salud”, se lamenta un paciente canceroso al terminar sus días.

Es en este punto de invito a revisitar el papel de los comunicadores de la ciencia, de los datos y de la verdad. La opinión pública – aquella que defendía a su pastor pentecostal frente a la bajeza de los medios que lo denunciaban como un fraude, a pesar de ser rociados por un polvo dorado que él decía que era oro – está en la base del problema. Dos consejos aportados por un viejo profesor pueden ser útiles en la formación de una opinión pública pensante: no asumir como verdad aquello que se ve (o, ver para no creer) y emular al detective que constantemente se interroga acerca del significado de lo que ve. Más que contar historias acerca de los grandes descubrimientos científicos, la tarea más urgente, en mi opinión, para la comunicación social de la ciencia consiste, justamente, en entregar las herramientas que permitan al público sopesar el valor de los hechos que eventualmente pudieran forjar opinión. En ausencia de ello seguiremos a merced de una marisma que termina como en el ejemplo con la destrucción de nuestra casa, de la comunidad de la que somos parte.

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